La vuelta a la realidad muestra la dramática situación laboral de Lebrija

Cola a la puerta de las Hermanitas de la Caridad para recoger la bolsa de alimentos.
Cola a la puerta de las Hermanitas de la Caridad para recoger la bolsa de alimentos.

Una vez que se han apagado las luces de Navidad, se han cerrado los belenes, ya no se escuchan villancicos y los estudiantes vuelven a su tarea, Lebrija se despierta de la ensoñación propia de estas fechas para darse de bruces con la realidad más dramática representada en una imagen absolutamente desgarradora como es la de la cola de ciudadanos a las puertas del convento de las Hermanitas de la Caridad en busca de una bolsa de alimentos que les ayude a sobrepasar la cuesta de enero.

Durante toda la mañana del martes 8 de enero de 2013, numerosos vecinos se han agolpado a las puertas del convento para recoger la anhelada ayuda en forma de alimentos básicos. Muchos inmigrantes, pero también muchos vecinos del municipio que hasta hace poco se encontraban en situaciones económicas más o menos desahogadas y en ningún momento se veían en la necesidad de acudir a las ayudas sociales ofrecidas por instituciones públicas y privadas.

Con una población de 27.029 habitantes, según el Instituto de Estadística y Cartografía de Andalucía (http://cort.as/380y), 6.493 ciudadanos censados en este municipio del Bajo Guadalquivir se encuentra desempleados (3.646) o en busca de su primer empleo (4.816), tomando como referencia los datos aportados por Lebrija TV (http://cort.as/3815), lo que supone que el 24,02 por ciento de la población total de Lebrija se encuentra desempleada. Y lo peor es que no hay ni un solo signo que indique que la situación laboral y económica vaya a mejorar.

Así las cosas, mes tras mes, Lebrija se desespera y la juventud solo piensa en salir de un escenario en el que solamente se percibe un futuro de paro y eventualidad laboral , e intentar encauzar su trayectoria laboral en lugares que ofrezcan algo más.

La emigración como alternativa, como prácticamente la única alternativa, ha vuelto con fuerza al Bajo Guadalquivir y el potencial que supone la juventud más preparada de la historia será aprovechado, otra vez, por sociedades ajenas a la cultura lebrijana, con lo que el pueblo se empobrece, el municipio se empobrece y los ciudadanos se empobrecen individual y colectivamente.

Empresarios desalmados y políticos que se hacen los ciegos

Malas prácticas en el sector de la construcción.

El sector de la construcción es uno de los más afectados por la crisis económica en que está inmersa España, sin olvidarnos de que los periodistas proporcionalmente son los profesionales que en mayor número han ido al desempleo (según los últimos datos de la Federación de Sindicatos de Periodistas, 11.000 en paro en los cuatro últimos años). Pero, sí, dado que el número de empleados en el sector de la construcción se ha reducido en cuatro años en más del 43 por ciento (http://www.safinco.com/inmobiliarias/96-el-numero-de-empleados-en-la-construccion-se-ha-reducido-mas-de-un-43-desde-el-inicio-de-la-crisis) de un total de más de 2,6 millones censados en 2007, antes de la crisis, sigue siendo el colapso de este sector el que más ha afectado negativamente a la sociedad.

Sin embargo, aún hay constructoras e inmobiliarias que resisten y no siempre son las grandes. En zonas rurales como Lebrija y la comarca sevillana del Bajo Guadalquivir, subsisten constructoras a base de obras de mantenimiento y alguna que otra contrata para nuevas edificaciones.

Entre estas constructoras se va extendiendo una mala práctica empresarial cuyo objetivo es lograr presentar presupuestos lo más ajustados posible, no reduciendo los beneficios o el coste de los gastos en material o en transporte, por ejemplo, sino reduciendo las aportaciones de la empresa a la Seguridad Social por cada trabajador en “nómina”.

Estos empresarios desalmados, según me contaba hace unos días un profesional que ha sufrido esta práctica después de más de ocho años con contrato en una constructora con sede social en Lebrija, suelen dar de baja al trabajador sin ni siquiera notificárselo; siguen pagándole su salario en efectivo, sin nómina, con el contrato rescindido y sin pagar a la Seguridad Social el porcentaje correspondiente por ese trabajador, que deja de cotizar. Si el trabajo escasea, vuelve a contratar al trabajador por una semana y lo despide, con lo que el empleado ha perdido en su tiempo de paro el porcentaje correspondiente al período que no ha cotizado por decisión unilateral del empresario contratante.

Así las cosas, estas constructoras acuden a los concursos públicos con unos presupuestos muy reducidos -no pagan la cotización empresarial a la Seguridad Social de al menos la mitad de su plantilla-, lo que les permite participar en unas condiciones muy ventajosas y lograr en la mayoría de los casos la concesión de la obra.

Si esta práctica es denunciable, no lo es meno la actitud de las administraciones públicas que, por un lado, contratan con este tipo de empresas sin investigar la situación laboral de las mismas y, por otra  parte, no fomentan que la Inspección de Trabajo ejercite sus funciones. El político de turno se hace el ciego y solo tiene en cuenta que la obra le salga lo más barato posible.

Lebrija, desierto cultural

El Prado acoge la exposición ‘Murillo y Justino de Neve: el arte de la amistad’. Museo del Prado vía Europa Press.

Cada vez que en los informativos de las cadenas de televisión, hojeando la prensa o escuchando la radio me llega la noticia de una nueva exposición en el Prado o en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, el estreno de una nueva obra de teatro o simplemente de una nueva película, la puesta en venta de entradas para un concierto o la presentación de una nueva obra literaria, me pongo de los nervios.

Vivo en Lebrija, una ciudad de la comarca sevillana del Bajo Guadalquivir, donde disfruto de los beneficios propios del medio rural andaluz, pero, desgraciadamente, también sufro las carencias de este medio. Sin entrar en los problemas de transporte público y conexiones con ciudades de la talla de Sevilla, Jerez o Cádiz; sin presentar las elevadas deficiencias existentes en materia de conexiones digitales (el ADSL nunca pasa de 6 megas, si es que llega); o, siguiendo con este tipo de ejemplos, sin hablar de las necesidades no cubiertas en materia sanitaria, Lebrija puede ser considerada como un auténtico desierto cultural.

La ciudad dispone de un teatro, el Juan Bernabé, que se utiliza también como cine y sala para todo tipo de espectáculos musicales, pero su actividad es muy reducida. De cine, prácticamente nada; de teatro, unas jornadas para adultos y otras de carácter infantil, y las actividades de grupos aficionados; y de conciertos pueden pasar años sin que un artista de cierto prestigio aparezca por el municipio y ofrezca un recital dentro del teatro municipal o en cualquier otro recinto; de presentaciones de libros, mejor no hablar. En lo que sí estamos algo mejor abastecidos es en el mundo del flamenco y principalmente por las actividades propias desarrolladas por la peña Pepe Montaraz y las concertadas con otras instituciones.

Este panorama es el que presenta en el ámbito cultural la ciudad natal de Elio Antonio de Nebrija, autor de la primera  Gramática castellana, Diccionario latino-español, el Vocabulario español-latino  y Reglas de ortografía española, obras claves para el desarrollo del castellano como lengua e idioma.

Es cierto que la situación de crisis económica por la que atraviesan las instituciones públicas, incluido el Ayuntamiento de Lebrija, y el sector empresarial, especialmente el referido a actividades culturales, no ayudan a la programación de eventos de este tipo, pero opino que no tiene por qué ser la cultura la que más sufra la escasez de recursos.

Considero que la cultura es precisamente el campo que las instituciones públicas más deberían de fomentar durante los períodos de crisis económica y financiara –que en el Bajo Guadalquivir parecen durar más que otros lugares-, ya que a los ciudadanos hay que ofrecerles alternativas y actividades enriquecedoras que les hagan sobrellevar de una manera menos obsesiva su precaria situación y que les sirvan para desarrollar sus capacidades crítica y de análisis. No es dar circo, es mantener un nivel cultural medio que no empobrezca con la ignorancia la ya no muy amplia formación cultural de muchos de los ciudadanos, en este caso de Lebrija.

Los fantasmas de la mancomunidad

Cerrojazo a la mancomunidad.

Lebrija está de capa caída. “Pues como todo el país”, que diría mi amigo Antonio el Helaero. Cierto, pero en esta población del Bajo Guadalquivir, hasta hace muy poco sede central de la Mancomunidad de Municipios del Bajo Guadalquivir, ahora en proceso de disolución, se nota especialmente la preocupación, las caras de circunstancia, la amargura, la indignación, el cabreo y la inquietud de los que la mayoría de lebrijanos creían unos privilegiados por contar con un puesto de trabajo en una institución pública. Ahora, ese medio millar de trabajadores de toda la comarca, que han acumulado hasta nueve meses sin cobrar, parecen fantasmas dolientes paseando por las calles y plazas de sus pueblos. Estos fantasmas de la mancomunidad han dejado de ser unos privilegiados y han bajado a la arena, o, mejor, los han hecho bajar, y se han topado de cara con la realidad de los pueblos del Bajo Guadalquivir: desempleo galopante, deudas que se van acumulando, paralización del desarrollo económico y social, miedo al futuro y emigración.

Pero lejos de conseguir la solidaridad de sus vecinos -la de sus familiares y amigos íntimos se les supone-, al menos en Lebrija, el comentario más generalizado es que “ahora les toca a ellos; se han llevado mucho tiempo viviendo del cuento”. ¿Y por qué esta actitud insolidaria y hasta vengativa? Yo lo tengo claro: la mayoría de los trabajadores de la mancomunidad (alrededor de 100, los que han integrado la plantilla permanente) han entrado en la institución por designación, a dedo, sin pasar ningún tipo de oposición, y otros 100 han sido contratados para programas concretos y temporales, también sin oposición aunque por méritos. El resto hasta sumar unos 500 son los alumnos de cursos de formación, perceptores de remuneración, bastante reducida, por sus trabajos en esos cursos. Con estos últimos es con los que la población en general es más solidaria.

Esta realidad ha supuesto que la población del Bajo Guadalquivir no sintiera como suya la mancomunidad, viera a la institución como algo lejano creada por los políticos de turno para dar trabajo a sus amigos y correligionarios, un organismo montado para pagar favores que poco tenía que ver con los problemas de sus localidades (Lebrija, Utrera, Los Palacios y Villafranca, Los Molares, El Coronil, Las Cabezas de San Juan, El Cuervo de Sevilla, Trebujena, Sanlúcar de Barrameda, Chipiona y Rota). Aunque también es cierto que todo el que ha podido sacar algún beneficio de la mancomunidad o sus actividades no ha dudado en cogerlo, dejando atrás temas morales y éticos.

Mientras tanto, la web de la mancomunidad (www.bajoguadalquivir.org) sigue activa, aunque con noticias de noviembre de 2011, haciendo alarde de temas como el Plan Anual de Formación Profesional para el Empleo, o manteniendo la página de presentación firmada por su penúltimo presidente, Antonio Maestre Acosta, el que fuera alcalde de Los Palacios y al que en público y en privado casi todos echan la culpa de la mala gestión de la institución y de su deuda de 32 millones de euros, según la estimación de la presidente que se ha encargado de la disolución, la alcaldesa de Lebrija, María José Fernández.

En esa presentación se dice que “la Mancomunidad tiene entre sus retos más inmediatos la implantación de la sociedad de la información y las nuevas tecnologías entre las pequeñas y medianas empresas y entre las administraciones locales del Bajo Guadalquivir, así como la recuperación ambiental y puesta en valor turístico de la margen izquierda del río Guadalquivir, el gran recurso natural que ha marcado tradicionalmente la vida de la comarca”. Tras 24 años de funcionamiento estas intenciones son más que nunca palabras huecas de un pretencioso discurso político, firmado por otro de los fantasmas de la mancomunidad.